Alicia en el Pais de las Maravillas

El lenguaje en pleno delirio.

El Correo de la Selva

La Voz de los sin Voz,ácido, realista y mágico como la realidad latinoamricana.

De Ushuaia a la Quiaca

Música, música y más música.Y de la mejor.

3 idiotas

Una joya de Bollywood.

Mononoke Hime

Una maravilla de Miyazaki absolutamente sublime.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Una muchacha y una guitarra

* Página/12
Intratable, tierna, bohemia, áspera, aguda, frágil, indomable, Violeta Parra fue una de las artistas populares más emblemáticas de Chile y a la vez profundamente ignorada por décadas de cultura pinochetista. Capaz de sacrificar sus propias canciones para recopilar el cancionero popular por la cordillera, de alzar una carpa con la Universidad del Folklore, de exponer en el Louvre, de enloquecer de amor en París y de suicidarse a los 49 años, su vida es cinematográfica y a la vez un peligro para los lugares comunes de las buenas intenciones. De la mano de decisiones artísticas casi impecables y de una actriz notable capaz de interpretarla, el director chileno Andrés Wood filmó Violeta se fue a los cielos, una biopic que captura las mil aristas de la artista sin perder el filo. Radar habló con los dos para saber cómo y por qué lo hicieron.
Por Mariano Del Mazo

“El riesgo era alto, pero también la inconciencia. La película es una mezcla de libertad y rigor”, dice, para empezar, Andrés Wood, director de Violeta se fue a los cielos, extraordinaria biopic de una artista inabarcable, contradictoria, áspera y brillante, que se estrena en Argentina el 27 de este mes. La película fue vista por 350 mil espectadores, va a representar a Chile en los próximos Oscar y está basada en el libro homónimo de uno de los hijos de Violeta, Angel Parra. El libro fue apenas un punto de partida: la película es finalmente un abordaje sesgado de algunas de las características del complejo temperamento de una mujer incómoda. “Violeta Parra no cabe en una sola película”, razona Wood. Y vaya que razona y razonó: demoró siete años en decidirse a hacerla. Mientras tanto se consolidó como uno de los realizadores más interesantes de su país con films como El desquite, La buena vida y, sobre todo, Machuca.
¿Cómo contar la vida de Violeta Parra? ¿Qué elegir, qué descartar? Desde la niña campesina con la cara mordida por la viruela que veía cómo su padre se emborrachaba guitarra en mano hasta la mujer abatida por el desamor y la tristeza que se pegó un tiro a los 49 años, en 1967, toda la existencia de la Viola aparece atravesada por condimentos cinematográficos: la infancia pobre, su pasión por los hombres –especialmente por hombres más jóvenes que ella–, la tragedia de la muerte de una hija bebé, el exilio, el descalabro económico, la política, la compositora sorprendente, la artista plástica intuitiva que llega a exponer en el Louvre... En fin, ¿cómo contar el escarpado y ancho espacio que queda entre la engañosa esperanza de “Gracias a la vida” y el espíritu proto punk de “Maldigo del alto cielo”?
SEGUN EL FAVOR DEL VIENTO
Violeta se fue a los cielos terminó de definirse en el exacto momento en que el casting del protagónico llegaba a su fin y Wood entendió que había encontrado a su Violeta Parra. La elegida fue Francisca Gavilán, una hermosa actriz de teatro que cantaba aceptablemente y tocaba la guitarra... como zurda. Con maestría, Gavilán se va devorando pacientemente la película. No sólo cantó todas las canciones que integran la banda de sonido sino que también aprendió a tocar la guitarra como diestra. La interpretación dramática es soberbia y es posible que funcione como un boomerang que se dirige hacia su nuca profesional, como ocurrió por caso con Edgardo Nieva y Gatica: para bien y para mal, esta morocha afeada nunca va a dejar de ser Violeta Parra. Dice Francisca: “Crecí escuchándola. Creo que nos pasa a la mayoría de los chilenos: está en nuestro oído desde siempre. Pero ahora mi admiración ha crecido enormemente. Durante el proceso de filmación me dediqué a estar enfocada todo el tiempo en ella, fue una etapa de concentración máxima. Lloré mucho. Leía las escenas y me involucraba profundamente. Fue un reto total. Y además, cómo aprender a tocar la guitarra siendo zurda... Fue durísimo: ¡a los 37 años no es fácil aprender nada! Con mucha aplicación logré sacar algo de Violeta y dar con la voz que quiso mostrar Wood”. Técnicamente, el canto de Gavilán es más dotado que el de Violeta. Asombra su parecido tímbrico y la diferencia con la original es, tal vez y sin hacer poesía barata, la ausencia del dolor y el resentimiento implosivo que Violeta dejaba drenar por su voz. La asesoría de la banda de sonido fue de Chango Spasiuk. “Necesitaba un referente un poco más alejado del proyecto que me diera una visión de lo que debería ser la música y la sonoridad general. Chango fue esa persona”, dice Wood.
Si bien el film rastrea una vida a través de un montaje que alterna planos realistas y oníricos, sin coherencia cronológica y haciendo eje en el volcánico estado emocional de la protagonista más que en cuestiones de tiempo y lugar –el rodaje se realizó en Chile, en la Argentina y en Francia–, hay una entrevista televisiva editada en viñetas a lo largo del film que funciona como eje narrativo, casi como separadores que unidos captan la fragilidad de la artista y los ánimos alterados por distintos acontecimientos (rupturas, muertes, fracasos). Como una fiera arrinconada, Parra logra empero exhibir en vivo y en directo su humor feroz y su inteligencia impiadosa ante los prejuicios y la imbecilidad supina del periodista. La entrevista ocurre en el marco de un programa de la TV argentina y el rol de periodista lo cubre un efectivo Luis Machín en su estereotipo de porteño soberbio y engolado.
Periodista: Sin ánimo de ofender... ¿usted es india?
Parra: ¿Por qué me voy a ofender? Soy india, pero no totalmente. ¡Siempre estuve enojada con mi madre porque no se casó con un indio!
AMBAR VIOLETA
“Ella es la película”, subraya Wood sobre Francisca Gavilán. “Hicimos un casting y un montón de actrices se parecían más o cantaban más al estilo de Violeta. Pero había algo en ella que la hacía diferente a todas las demás. Francisca me ayudó a construir secuencias, a encontrar cosas que yo no veía.”
La aproximación de Wood a la compositora es puramente emotiva y privilegió lo episódico a lo biográfico, el mundo interior probable de Parra a datos de los diarios de época. Los folklorólogos trasandinos habrán perseguido con lupa los contenidos. Vano esfuerzo. “Cuando sentíamos que estábamos siendo biográficos, parábamos. Hay un aspecto que dudamos mucho de incluir o no, y que finalmente dejamos afuera: la influencia explícita de su hermano mayor Nicanor. Ella misma lo decía: ‘Sin Nicanor no hay Violeta’. De alguna manera, la estructura de la película no pudo contener a este hermano/padre. Y sí resalta a Hilda, una hermana que la historia sitúa en una posición secundaria”, explica Wood. En esta frase, el director deja espiar las barajas de su arte: la estructura es la que manda, la estética, siempre en tensión entre –como dijo al principio– “el rigor y la libertad”.
Frágil y tempestuosa, irascible, intratable, tierna y despojada, bohemia y provocadora, “áspera y fea” (como la definió María Elena Walsh citando el poema “La higuera” de Juana de Ibarbourou luego de un encuentro –más bien un choque– en París, cuando lo más dulce que les dijo la chilena a ella y a Leda Valladares fue “argentinitas burguesas”), la Violeta de Wood aparece lejos del poster, extremadamente humana se diría, y en ese trazo que nunca es grueso y que por el contrario está formado por líneas sutiles, por silencios, por una poética cinematográfica que en los mejores momentos se acerca a Leonardo Favio, la artista gana paradójicamente en realismo: no es el icono de la canción latinoamericana, la heroína de izquierda, ni la arpillerista que épicamente expone en el Louvre; es una mujer atenazada por sus propias contradicciones y debilidades, y a su vez una mujer blindada en sus convicciones: una mirada social que siempre partió del campesinado y los mineros; una inclaudicable decisión de evitar un destino de “esposa que envejece criando hijos y fregando calcetines”, y más. Fue, claramente entonces, también, entre muchas otras cosas, feminista, vanguardista, liberal, rebelde... No: Violeta Parra no cabe en una película.
CHILLAN-PARIS-SANTIAGO
La película tiene un abordaje triple que, en la edición final, aparece organizadamente fragmentado: la infancia en Chillán –donde tal vez Wood tropieza con algunos símbolos redundantes–, su relación con el músico suizo Gilbert Favre, a quien conoce luego del tremendo impacto de la noticia de la muerte de su pequeña hija, y el regreso final a Chile para montar la carpa artística en la comuna de La Reina, en las afueras de Santiago.
Las tres son situaciones biográficas insoslayables, poderosas. La niñez transita entre una orgullosa pobreza y la mezcla de miedo y admiración que le despertaba su padre, un profesor de carácter dulce que se volvía temerario por el alcohol: de él sacó los primeros rudimentos musicales, de él heredó la primera guitarra. También aparece su desapego por la escuela, la necesidad de trabajar. La vida de Violeta, hay que decirlo, se puede seguir paso a paso en sus extraordinarias Décimas. Autobiografía en verso: “Semana sobre semana / transcurre mi edad primera. / Mejor no hablar de la escuela; / la odié con todas mis ganas, / del libro hasta la campana, / del lápiz al pizarrón, / del banco hasta el profesor. / Y empiezo a amar la guitarra / y adonde siento una farra / allí aprendo una canción”.
La infancia operó en ella como plataforma de un conocimiento profundo del chileno rural y por añadidura del folklore. Ya era Violeta Parra cuando abandonó toda veleidad de compositora para transformarse en una recopiladora tenaz, una mezcla de Atahualpa Yupanqui y Leda Valladares que recorrió montañas y valles buscando a los viejos de cada comarca para que le pasaran relatos y canciones. Iba con un cuaderno y un lápiz y, en el mejor de los casos, más acá en el tiempo, con un precario grabador. También tuvo un programa de radio semanal, muy escuchado, que difundía sus hallazgos de campo.
La relación con Gilbert Favre (interpretado por el francés Thomas Durand) se asentó sobre un volcán en erupción. Violeta ya se había separado dos veces, ya tenía tres hijos, y fue en París donde se desarrolló gran parte del romance con el que sería el gran amor de su vida. La irrupción de Gilbert –clarinetista, carilindo, 18 años menor que ella– le otorga a la película otro ritmo, una impronta mundana que funde cierta descontractura algo impostada del sudamericano en el exilio –un clima que bien podría haber filmado Pino Solanas– con una melancolía extrema de nieve cayendo sobre el Sena. En este tramo ocurre la exposición de arpilleras y esculturas de alambre en el Museo de las Artes Decorativas del Palacio del Louvre, una muestra consagratoria que sin embargo no rescató a Violeta Parra de un ostracismo que, si bien en parte era forjado por ella, potenciaba el destrato de las autoridades culturales de su país. Violeta Parra fue un personaje central en la vida cultural de Chile que, sin embargo, diseñó su obra artística desde los márgenes.
El amor por Gilbert estuvo sellado por la pasión y, también, por celos insondables. En el muy buen libro Las cuerdas vivas de América (Sudamericana), de Guillermo Pellegrino, se narra una anécdota patéticamente extraordinaria del nivel de celos que corroía la relación. Habla Favre: “Estuve muy enamorado de ella. El problema radicó en la convivencia, nos peleábamos mucho. Violeta era muy celosa, me acuerdo de que cuando me enseñó a tocar la quena me decía que era mejor cerrar los ojos, y yo le hacía caso. Con el tiempo advertí que me daba esa indicación para que en las actuaciones yo no mirase mujeres”.
Al final, harto de los desplantes, de la paranoia y de la locura posesiva, el suizo se fue con una boliviana. Ya Violeta había empezado a descender a los infiernos. Lo perseguía, lo increpaba. En la película aparece preguntándole, desesperada: “¿Es joven? ¿Es joven?”. Y más adelante, ya desquiciada: “¡Tráela, tráela, vivamos todos juntos!”.
El final de Violeta se fue a los cielos llega después de su última obcecación: la carpa de La Rueda. Un emprendimiento con una intención altruista: formar una Universidad de Folklore, y tener todas las noches actuaciones en vivo mientras se servían comidas típicas. Gilbert Favre iba a tocar a menudo y la relación con Violeta no terminaba de cortarse: entre sinuosas idas y vueltas, Parra sentía que la pareja podía ser posible. Cuando Favre tomó una decisión definitiva y se fue a vivir a Bolivia, Violeta cayó en un pozo irreversible. Eso se sumó al fracaso económico de la carpa y a la indiferencia del entorno cultural chileno. Un momento memorable del film es cuando una tormenta cordillerana cae pesadamente sobre la carpa y Violeta (Francisca Gavilán) canta una demoledora versión de “Maldigo del alto cielo”.
Maldigo la primavera
con sus jardines en flor;
y del otoño el color,
yo lo maldigo de veras;
a la nube pasajera
la maldigo tanto y tanto
porque me asiste el quebranto.
Maldigo el invierno entero.
con el verano embustero.
Maldigo profano y santo:
¡cuánto será mi dolor!
El revólver estaba ahí, en un cajoncito, y no tardará en detonar. La película se desliza sobre el final hacia un desasosiego existencial en el que sobra la metáfora del gavilán matando a una gallina (“El gavilán” es una de las canciones más emblemáticas de Violeta). Queda una sensación de amarga belleza que es, finalmente, lo que subyace en la obra de la chilena. Queda, dice ahora Francisca Gavilán, el legado de una mujer libre: “Libre en la creación, en el amor, en su manera de vivir y ser. Recopiló, pintó, escribió, fue madre, esposa, mujer intensa. Un genio. En Chile se la valora poco: somos mezquinos con nuestros genios. Se nos olvidan rápido. Por eso esta película es importante”. “Para mí, Violeta –completa Andrés Wood– no es un símbolo de nada. Es algo bien concreto. Es una luz hacia donde nos deberíamos mover como cultura. Para reconocernos y profundizar en lo que somos.”
Más allá del inobjetable valor cinematográfico, la película puede servir como disparador para volver a explorar una obra algo oculta: nunca fue valorada en su justa –gigante– medida debido en parte al devastador efecto de tantas décadas de cultura pinochetista. Por otra parte, siempre resultó torpe ubicarla como bandera política, a pesar del contenido testimonial de algunas pocas canciones. En todo caso es una obra política en el amplio sentido capaz de saltar sobre su cancionero más conocido (la perfección del repertorio que eligió Mercedes Sosa en su insuperable homenaje de 1971, las experimentaciones lúdicas como “Mazúrkica modérnica”, la protesta de “Qué dirá el Santo Padre”, tantas más). Ese salto, sin contar la labor de artista plástica, llegaría hasta sus recopilaciones folklóricas, las Décimas y las increíbles Centésimas –que acaba de musicalizar y presentar Carmen Baliero en Buenos Aires–, una extenuante progresión numérica en verso: “Una vez que me asediaste / dos juramentos me hiciste / tres lagrimones vertiste / cuatro gemidos sacaste / cinco minutos dudaste / seis más porque no te vi / siete pedazos de mí / ocho razones me aquejan / nueve mentiras me alejan / diez que en tu boca sentí / once cadenas me amarran / doce quieren desprenderme / trece podrán detenerme / Catorce que me desgarran / Quince perversos embarran”... Y así, 300 números en 600 versos.
Los hilos conductores de la obra nunca son aislados y se los puede relacionar con otra de sus facetas artísticas: los tapices. Cada aspecto forma una trama, la trama es un conjunto. El caos –“hago lo que me sale: una canción, una arpillera, un tapiz, qué más da”– aparece ordenado en la sensibilidad arrebatada de una artista total.
Periodista: ¿Tiene algún consejo para los jóvenes creadores?
Parra: ¿Un consejo...? Tal vez les diría que escriban como quieran, que usen los ritmos que les salgan, que prueben instrumentos diversos, que se sienten en el piano y destruyan la métrica, que griten en vez de cantar, que soplen la guitarra y que tañan la trompeta, que odien la matemática y que amen los remolinos. La creación es un pájaro sin plan de vuelo que jamás volará en línea recta.
Pájaro sin plan de vuelo, Violeta está en los cielos. Distingue dicha de quebranto con sus dos luceros. Y maldice.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Don´t Stop Me Now

Por Leonel Córdoba


Hoy Google pone su habitual Doodle en conmemoración de una fecha importante, en este caso, le tocó al aniversario del nacimiento de Freddie Mercury. La idea y el desarrollo son buenísimos, imposible dudarlo. Fantástico. Quizá muchos se enteraron de este “evento” porque la radio, la tele, los portales de Internet, los contactos de las redes sociales, etc. se hicieron eco de la animación.
 
Los medios potenciaron esta creación, que merece los halagos, y hablaron de “lo que hizo Google”. No fue el 65º aniversario del nacimiento del líder de Queen la noticia o efeméride del día. Fue el Doodle.

Estudié radio y amo la radio, por eso me referiré a este medio exclusivamente de aquí hasta el punto final del presente artículo; lo que haga la tele, no me importa. Mucho menos los portales.

En la radio, los y las columnistas de espectáculos ocuparon sus espacios para hablar de algo que cualquiera que haya abierto Internet apenas se levantó, lo vio. Nada nuevo. La noticia no fue Freddie, fue Google y su animación. Pero no solo eso. Aquellos que no lo habían visto, dejaron la radio de fondo, en el mejor de los casos, o la apagaron para poner “play” a Don´t Stop Me Now. La radio dejó de importar en esos minutos para que Internet sea protagonista, una vez más. El bajo nivel de los columnistas de espectáculos de los programas de radio denominados magazine se va potenciando cada vez más y ya no solo se dedican a hablar de lo que pasó en la tele el día anterior, lo que salió en los diarios y revistas a la mañana, sino que ahora pierden minutos en contar lo que pasa en Internet.

¿Por qué la radio habla tanto de la televisión, los diarios, las revistas y la web; si ninguno de esos medios habla proporcionalmente lo mismo de la radio?
Hoy, esto fue un poco más allá: mientras la radio pedía Don´t Stop Me Now, uno como oyente era tentado a hacerlo para que suene Don´t Stop Me Now.

Göoo!

*Por Alba Cecilia Curia (@AlbaCeCuria)

Siempre que quiero hablar (escribir) sobre algo que me ha dejado fascinada, me empantano. Cuesta encontrar las palabras que describan con exactitud aquello que los sentidos gozan

Miro la pequeña (unos 145 x 100 mm para ser exacta) revista en mis manos y trato de verbalizar lo que me provoca. “…es un proyecto editorial para aquellos ojos que disfrutan de las artes visuales y la expresión gráfica”, declara la auto presentación expuesta en la web pero es mucho (muchísimo) más que eso.

Con una temática por número y varios artistas, cada ejemplar va embrujando desde la primera página. Colores, textos, imágenes, un sinfín de detalles entrelazados a la perfección. Un objetointrigante que pide volver a él una y otra vez. Un reino de ARTE/DISEÑO al que gustos@s nos dejamos arrastrar como Alicia en el pozo.

En mi biblioteca hay apenas 3 maravillas de este mundo editorial:

GÖOO #3 · ROCK, que grita y delira como los acordes de una guitarra enloquecida.

GÖOO #6 · FUTURO,con toda la fuerza y volatilidad de lo imprevisible.

Y el CALENDARIO ILUSTRADO 2009, con postales tan delirante como caprichosas a la hora de elegir “Días Festivos” (ahí está el 12 de Mayo, un buen día para no salir del sobre; o el 14 de Enero, un buen día para no escapar de tus fantasmas). Pero, sin lugar a dudas, todas las piezas Göoo son imperdibles.

Búsquenlas, como un buen cazador a su presa, o un amante al objeto de su afecto. Gocen dejándose arrastrar a este mundo de formas y palabras. No sé si tendrán garantizada la felicidad pero sin un buen instante de placer.








* En la Web de Göoo encontrarán los puntos de ventas una galería con todos los números y otras piezas editoriales.




domingo, 4 de septiembre de 2011

El año de la vaca de Márgara Averbach


Por Blanca Curia @TawyCuria

"Al principio la odiaba, la odiaba igual que Rafael. ¿Cómo no la iba a odiar? Era tan... No sé, me daba miedo hasta mirarla. Miedo y rabia. Siempre tenía los ojos brillantes y húmedos, como si estuviera a punto de llorar, pero uno sabía que no estaba triste. Es más, hasta hace dos o tres días, yo creía que jamás la iba a ver llorar. No la entendía; en el fondo sigo sin entenderla. A pesar de lo mío con Nadia, digo Celeste. Tampoco me acostumbro a ese cambio de nombre.
Pero a la Vaca, la odiaba."
Esas son las primeras palabras con las que nos encontramos en "El año de la Vaca". Palabras que nos llenan de ansias por conocer todo sobre La Vaca, ¿quién es? ¿por qué el odio? Palabras con las que empezamos a hacer suposiciones erróneas, en lo primero que esta redactora piensa es en una profesora vieja, gorda, mala, a la que claramente todos odian, pero nada más lejano a la verdadera Vaca. 
"El año de la Vaca" es relatado por 6 personajes. Los Chicos (Sebastián, Rafael, y Leo-Leonardo) y Las Chicas (Alejandra, Laura, y ¿Nadia? ¿Celeste?) Así, tal como lo transcribo es como los presenta Márgara Avervach.
La historia es la de la Vaca, o es la de ¿Nadia? ¿Celeste? Pero es también la historia de este grupo de adolescentes. Y sobre todo es la historia de un país, una historia que aún no tiene escrito el FiN. De esto nos damos cuenta en la tercera página, cuando Sebastián confiesa: "Lo de Nadia hizo que de pronto me interesaran los noticieros. Y los avisos que salen en los diarios, esos que vienen con una foto y un nombre y cuentan una historia en tres palabras. Juan Ramírez, desaparecido el 4 de abril de 1976 en..." Eso nos da la pauta de que "El año de la Vaca" puede ser cualquier año, y que la historia es la de tantos. Y queremos saber todo sobre Nadia, sobre la Vaca, sobre ese año.
Esta novela de Márgara Averbach lejos está de ser una novela panfletaria. Es la historia de 7 adolescentes, con amores, con descubrimientos, con diferencias, que un año como cualquier otro la vida les cambia para siempre cuando La Vaca los guía hacia la verdad de Nadia, de Celeste.
Averbach le dedica la historia A las abuelas de Plaza de Mayo, que conocen la historia. Y con eso es suficiente para querer hundirse en un libro apasionante, que se lee en poco tiempo, y que es ideal para compartir con hijos, sobrinos, alumos, que se identificarán con la historia y conocerán más de la otra, la historia de Celeste, la de todos.

martes, 23 de agosto de 2011

Luciana Jury: Canciones brotadas... y compartidas.



Por Blanca Curia @Tawycuria

Con su cabellera de rulos soñadores, y sus gestos de niña traviesa, Luciana Jury llega al escenario casi tímidamente. El escenario no es tal, sino un espacio rodeado de gente que ansía escuchar su dulce voz. El lugar de encuentro es NoAvestruz, intimista, cómodo, pero la convocatoria de La Jury fue mayor de lo que la sala resiste. Aún así todos y todas se acomodaron lo mejor posible, y nada empañó una noche tan amena como cálida, una noche que la misma cantora bautizó como “un encuentro de almas”.

Comienza suavecito y como pidiendo permiso, una canción que deja ganas de más. La voz se desgarra con una pasión increíble. El repertorio, que va desde “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”, hasta una zamba maravillosa como es “Canción de lejos”, nos conmueve, nos divierte, nos emociona, nos acaricia el alma.

Los invitados aparecen uno tras otro, algunos más y otros menos conocidos, pero ninguno menos talentoso.

Luciana Jury canta, pero también habla y comparte anécdotas, y un@ se siente como en una cena entre amigos. Sin ganas de irse.
Al final de la velada nos quedamos con ganas de más.
Pero para verla en vivo nuevamente habrá que esperar hasta octubre. Mientras tanto no dejen de comprar su cd "Canciones brotadas de mi raíz", sientensé con una buena copa de vino, y dejen que los sentimientos los inunden.



viernes, 19 de agosto de 2011

Foto de Familia

 *Por Alba Cecilia Curia @AlbaCeCuria

                Leo por ahí que hoy es EL DÍA MUNDIAL DE LA FOTOGRAFÍA, y trato de pensar ¿qué es la fotografía para mí? De a poco llegan los recuerdos…
                Mi abuelo andaba con la cámara al cuello cada vez bajábamos a la costa (en Chile, con el agüita bien fría y muchas gaviotas dando vueltas). Era una de esas cámaras Zenit, rusas (el abuelo siempre lo menciona). Creo que tenía partes plateadas, era hermosa, todavía lo es pero la vista del abuelo ya no le permite usarla así que, supongo, descansará tranquila en algún rincón de su casa en Santiago. Pero, vale decirlo, el germen fotográfico, se arraigó con fuerza en sus nietos y nietas.
                Había otra en casa, con estuche de cuero marrón, una Yashica  modelo "j35 (según puedo constatar ahora) y cuyos ¿cartuchos? de flash ya gastados iban a parar al árbol de Navidad. Me fascinaba, podía pasar horas revisándola, haciendo girar sus “ruedas”  y palancas, mirando a través del visor, jugando a fotografiar. Rara vez tenía rollo y, cuando tenía, tardábamos mucho en mandarlos a revelar porque el costo era elevado. Aun así el juego fotográfico era constante para mi hermana y para mí, ya fuera con fotos “reales” o fotos que sólo quedarían en nuestros ojos.
                Y entonces llegó mi propia Zenit (un poco, a penas, más moderna que la de mi niñez, regalo de mamá) que empezó a viajar conmigo a Chile (y a todos lados), donde mis primos tenían las suyas, también Zenit (casi una obsesión familiar). Y a partir de ahí el mundo compartido de la imagen; cuatro locos, ellos, mi hermana y yo, fotografiando lo que nos rodeaba. Eran fotos familiares, de las vacaciones juntos, sin rebusques de luces ni equilibrios compositivos, pero siempre ahí. Nosotros y la fotografía como un lazo, infaltable.
                Con el tiempo, ya en la facultad, vinieron las clases especializadas, teóricas algunas, semi-prácticas otras. Con  la cámara manual o la digital. Y siempre, siempre con ese amor incondicional por plasmar el mundo circundante.
                Por esas cosas que tiene la vida la FOTOGRAFÍA no se convirtió en algo profesional para mí, pero si en una actividad constante. En casa no hay rincón que no haya sido retratado, ni hay mascota que no tenga su imagen fijada para la posteridad. Salir con mi hermana (a un evento especial, el cine o una simple cena) es siempre un intercambio de flashes y disparos del obturador. Casi podría decir que tenemos tres ojos.
                Gestos, miradas, momentos. Todo plasmado con mayor o menor grado de “visión artística”.  Fotografiar es, para mí, para nosotras, para todos (o casi todos) en mi familia mucho más que una compulsión incontrolable por transformar en imagen quieta lo que estamos viviendo. Es, más bien, un embrujo, un instante sublime y fatal que se desea mostrar a alguien que no está presente. Es una fuerza imperceptible e ineludible que susurra al oído “guarda esta imagen, llévala contigo y muéstrasela al Mundo”. Y rara vez desoímos esa voz.
                Una vez, una profesora de Guión Fotográfico cerró una muy interesante charla con un ejercicio de “visualización” en el que (con nuestra mente, se entiende) recorríamos lugares hasta llegar junto a algún ser amado al que no veíamos hace mucho. “Abrácenlo” nos dijo, “y luego regresen”. Algo desorientados nos quedamos mirándola,“ok ¿y la fotografía que tiene que ver con esto?”, fue el pensamiento general. Entonces, con voz suave, ella sólo dijo: “Antes de mirar por el visor de sus cámaras, antes de accionar el registro de imágenes, abracen. Llénense de esos brazos y recién después fotografíen”. Para mí la FOTOGRAFÍA es eso, un grandísimo, inmenso abrazo a todo lo que intento retener en mí; un gigantesco deseo por contar historias y regalarlas a quien quiera mirarlas; un profundo amor por mirar pero no sólo con los ojos, sino con todo el cuerpo.
                En mi cuarto hay ahora unas cinco cámaras. Tres que no andan, entre ellas una polaroid de Kodak que llegó ya vieja y “retirada” a casa; la Zenit que reposa tranquila esperando volver al ruedo y la digital que “trabaja” como loca cada vez que rebrota la “manía” que mi abuelo supo despertar en mí. Algún día habrá más cámaras y esto será un museo (ese es el sueño eterno) mientras tanto, con permiso, sigan con lo suyo y no se asusten con los flashes.
               
PD: de “regalo” ahí van algunos trabajos de dos fotógrafos imperdibles.



Sebastião Salgado

Fotógrafo brasileño nacido en Aimorés, Minas Gerais, en 1944

En sus trabajos prima la temática social.








Edward Sheriff Curtis 
Fotógrafo nacido en Febrero de1868 en EEUU. Falleció en Octubre de 1952.
Recorrió el Oeste de su país retratando el modo de vida de los pueblos originarios. 






domingo, 14 de agosto de 2011

Orgullo en nombre del amor


*Por Alba Cecilia Curia @AlbaCeCuria

En un pueblo rural de Iowa en EEUU vive Alvin con su hija Rose. Sus días transcurren con esa cadencia lenta y cálida de los pequeños pueblos, done una noche estrellada, un soplo de viento y el tiempo de cosecha rigen la vida.
Pero el ritmo de las cosas se ve alterado cuando una llamada anuncia que su hermano,  al que Alvin no ve desde hace 10 años, ha sufrido un ataque cardiaco. ¿Cómo deponer las “armas” ante la pelea que lo alejó de él? ¿Qué  hacer con el orgullo que ha ido aumentando la distancia hasta poner 500 km entre ambos hermanos?
La idea del reencuentro se “acomoda” entonces en el aire y surge el germen del viaje. Sólo hay  algunos “pequeños” problemas. Alvin tiene varias dificultades físicas: usa bastones (dos a falta de uno), un principio de enfisema pulmonar,  la vista severamente dañada y, por si fuera poco, no tiene licencia de conducir.
Así, con escaso dinero y sin automóvil,  este hombre de 73 años, decide emprender un viaje a bordo un muy peculiar vehículo: su podadora de césped. 
Y aquí comienza una road movie muy especial, sin demasiadas pretensiones argumentativas ni visuales pero con una profunda sencillez. Eso es “The Straight Story (Una Historia Sencilla)”,  una pequeña gran historia de un hombre  sencillo emprendiendo un  viaje imposible hacia su propio interior.
El cine de Hollywood nos tiene acostumbrados a los viajes reparadores. Cada vez que alguien sufre un desensaño amoroso, un tras pies laboral o angustia existencial, el asunto se resuelve con una fuga hacia algún paraíso lejano.  Pero, afortunadamente, no todos los viajes son iguales, ni todo el cine cuenta lo mismo;  David Lynch elije acá pequeños personajes, con pequeñas historias, capaces de conmover con gestos simples, cotidianos, y  así da a luz esta hermosa y diminuta joya fílmica, que cuenta con una musicalización sublime, plagada de personajes cándidos que tiene además el aliciente de ser una historia real.
Una película sencilla que deja un dulce calor en el alma.



He Straight Story (Una historia sencilla)
 David Lynch
 Pierre Edelman, Michael Polaire
Guion:  
John Roach, Mary Sweeney
Freddie Francis
 Mary Sweeney
Año
Duración: 
 112 minutos